La Historia de la Villa Abbazia
La sugestión de una antigua Villa enmarcada por un paisaje rico
de historia y naturaleza.
Del pasado al ambiente todo contribuirá a sugestionar positivamente
el huésped durante su memorable estancia.
Uno de los atractivos más importantes de la Región Véneto son sin
duda sus Villas. Estas nobles moradas de campo, queridas por los
patricios venecianos en el curso del Siglo XVI como residencias
veraniegas, fueron construidas en sugestivas localidades en la
provincia de Venecia, Vicenza y Treviso. Sólo en los últimos años
algunas privados conscientes del gran valor artístico y patrimonial
de estas casas, a través de atentas restauraciones que sacaron a la
luz su antiguo resplandor, las transformaron en sugestivas
residencias hoteleras para ofrecer la posibilidad al mundo entero
de redescubrir el antiguo arte de vivir de los aristócratas
vénetos. Una de estas moradas es precisamente Villa Abbazia,
situada en Follina, pero a poca distancia del antiguo centro de
Conegliano.
Toda la zona tuvo un desarrollo notable después del Mil, por obra
de un grupo de monjes cistercienses que sanearon el valle cenagoso
y fundaron la célebre Abadía, destino de romerías ya desde la
antigüedad. El hermosísimo Santuario fue erigido en el siglo XIV y
es en estilo romano-gótico. Este lozano territorio ha dado los
nacimientos a literados como el libretista de Mozart, Lorenzo da
Ponte y acogida a pintores que en estos lugares han encontrado
motivo de inspiración como Tiziano, Pordenone, Previtali, Francesco
da Milano, Dall'oglio. Aquí han obrado hombres de ingenio que han
realizado y adornado edificios renacentistas, villas patricias,
castillos, fortificaciones y cinturones mural, todas verdaderas
obras maestras de la arquitectura. La cultura religiosa de la
entera comunidad se expresa en las iglesias, en las abadías, en los
santuarios y en las parroquias, diseminadas en todo sitio y a
menudo enriquecidas por ciclos de frescos preciosos no sólo por el
antiguo origen, sino también por su valor artístico.
HISTORIA DE UN COMPLEJO MONÁSTICO
Encanto-sagrado, oasis de silencio y ruego, donde el espíritu
encuentra alivio y los ojos se funden a la pureza de las líneas
románicas.
... de viaje en el antiguo feudo de los Da Camino, en la
maravillosa Valsana, que nos devuelve intacto el resplandor
arquitectónico y, vibrante, la atmósfera espiritual de uno de los
lugares sagrados más encantadores y solemnes de la entera diócesis
vittoriese: la Abadía cisterciense de Santa Maria de Follina.
Entre el alto núcleo prealpino y las colinas morrénicas de esta
zona muy sugestiva de la Alta Marca Trevigiana, probablemente,
según estudios documentados, sobre el trazado de la carretera
militar Claudia Augusta Altinate, que se hipotiza conectara la
región del Altino al valle romano sobre el Danubio, a través del
paso de Praderadego, surge el ameno pueblo de Follina. Su nombre
parece derivar de la batanadura de la lana, ejecutada en el lugar
desde ya la época romana, pero su importancia histórica es debida a
la llegada de los monjes benedictinos, que se establecieron aquí
antes del siglo XII, para hacer de ello un centro monástico de
llamada europea. Tocó sin embargo a los cistercienses, llegados en
Valsana el 29 de Mayo de 1146 desde la abadía de Chiaravalle de
Milán, imprimir al complejo conventual follinese la impostación
constructiva actual y rebautizar la abadía con el nombre de Santa
Maria de Sana Vallia, por la dulzura y la serenidad de la cuenca en
la que estaba situada.
La orden cisterciense fundada en el 1098 en Citeaux, en Borgoña,
por Roberto de Molesme, se difundió en toda Europa a los principios
del siglo XII, gracias sobre todo a la obra de San Bernardo de
Chiaravalle, que elaboró también la planta-tipo del monasterio
cisterciense, donde es la regla espiritual a dictar también las
características constructivas y arquitectónicas principales de los
complejos. La especificidad del sistema cisterciense está
precisamente en el rigor, con que son localizados los elementos
compositivos y su orden distributivo (elementos hallables
perfectamente también en Follina y detalladamente inmortalizados
por el objetivo del Nikonista!!), qué hace las instalaciones
abadengas arquitectónicamente parecidas entre ellas, al límite de
la superponibilidad. Los elementos constitutivos fundamentales son
inscritos en un área casi cuadrada, forma geométrica que simboliza
la Ciudad de Dios. En el centro se encuentra un claustro cuadrado,
delimitado por la iglesia basilical sobre el lado Norte y, por las
alas de los monjes, de los conversos y de los servicios,
respectivamente a Este, Oeste y Sur.
Según la orden cisterciense un centro monástico tenía que surgir:
"Entre el monte y el llano y cerca de un río o un arroyo así que
todo lo necesario, es decir, el agua, el huerto, los talleres y los
varios trabajos artesanales puedan encontrar sitio entre los
muros". Follina poseía todos estos requisitos: lugar ideal
porque estaba puesto en una cuenca siempre inundada de luz,
reparada de invierno por los Prealpes y bien ventilada de verano,
cercana, además, a un llano cultivable, a un bosque y a un
río.
La abadía de Follina, como todas las abadías cistercienses, es
dedicada a la Virgen María, en efecto la importancia atribuida por
los monjes de S. Bernardo al culto mariano fue tal que entre las
prescripciones de la Regla, encontramos esta voluntad: "Es
establecido que todos los monasterios tengan que ser dedicados en
honor de la Virgen del cielo y la tierra".
Fundado a mitad del siglo XII por un grupo de monjes cistercienses
(doce como los doce apóstoles, según la Regla) procedentes de
Chiaravalle Milanese, el complejo monástico estuvo sometido a la
influencia y a la protección del importante linaje de los Da
Camino, que como muchas familias bienhechoras hicieron muchas
donaciones y legados incrementando sus posesiones.
Un dato es cierto y un mérito debe ser adscrito a la presencia de
la Abadía: aquel de haber hecho de Follina un centro dinámico,
vivaracho, activo y saludable, porque, como Ordorico Vitale cuenta,
los cistercienses "en lugares desiertos, en selvas, con el propio
trabajo han instalado monasterios, y sabiamente han puesto a ellos
nombres como Casa de Dios, Chiaravalle, Buonmonte Sanavalle
añadimos nosotros, ya que en el 1694 el experto ingegniero Paolo
Rossi en rellenar su Catastro habla de "Santa a Maria Sana Valle
llamada de la Follina".
El primer abad fue Stefano (1155 d.c.), como certifican algunas
líneas de los Anales Camaldolesi, pero muchos fueron los abades
cistercienses que succediéndose al gobierno del cenobio
caracterizaron su historia, cuyos nombres Gerardo, Uberto,
Bernardo, Anselmo, Aiulfo, Galvanio, Lanfranco, Gualtiero, Pietro,
solicitan nuestras fantasías y nuestras arraigadas sugestiones
medievales.
El período que va del siglo XIII a la primera mitad del XIV, fue
indudablemente el período más florido por la abadía; con muchos
años de incesante y bien organizado trabajo, los monjes
cistercienses promovieron, según las coyunturas y los procesos
socio-económicos del tiempo, el mayor saneamiento entre Piave y
Livenza, su actuar metódico y racional promovió activamente la
agricultura de la zona e incentivó la economía del valle con el
desarrollo de la industria de los paños lana.
Tal fuente de renta creó una siempre más creciente liquidez de
dinero que venía reinvertida en nuevas actividades, pero que
también dio origen a revueltas y a episodios desagradables,
llevando a la corrupción y a la decadencia el orden monástico
cisterciense.
En el 1249, el monje Davide, depuesto de abad por sus graves y
numerosas culpas, siguió gobernando de abad, y asaltó el
monasterio, trayendo daños y arruinando los edificios mismos.
El Capítulo General, autorizando el abad de Torcello, decididió
recorrer al brazo secular o a la fuerza pública, para favorecer la
caída y el encarcelamiento de Davide y sus cómplices.
Tal hecho es reconducido por los Estatutos del Capítulo de Cíteaux,
mientras que callan las fuentes administrativas follinesas del
1249; ese silencio puede ser visto cómo una confirmación indirecta
de un episodio de olvidar.
En el 1266 sigue otro triste episodio: el Capítulo General de
Cíteaux depone del cargo de abad al monje Galvanio (1261 -1266),
acusado de haber sustraído al monasterio de Follina libros y
vestidos sagrados del valor de 400 libras.
Entonces fue encargado el abad de S. Tommaso di Torcello de
ir a la abadía de Chiaravalle della Colomba (Piacenza), dónde el
abad de Follina se había amparado, para indagar y hacerse devolver
las cosas robadas, de otro modo el mismo monje habría tenido la
autoridad de aplicarle a Galvanio la pena de robo y propiedad
"furti et proprietatis".
Siempre el Capítulo habla de una nueva rebelión ocurrida en el 1289
en el monasterio y terminada con el asesinato de Tuttobene, abad de
Follina desde el 1282.
Los documentos iniciaron a registrar ventas en lugar de
adquisiciones, y el monasterio se empobreció sea de mano de obra
agrícola que de vocaciones; en efecto a los principios del siglo
XIV son recordados en Follina 15 monjes que luego, con la segunda
década, se redujeron a una decena.
La reducción de vocaciones y mano de obra fueron causadas por una
baja demográfica debida a la peste negra del 1348-50 que se repitió
en el 1360, pero también a las continuas guerras que golpearon el
territorio trevigiano; guerras combatidas por Venecia, cada vez más
ansiosa de conquistar posiciones sobre el continente, contra
Austria o Hungría.
El modelo laboral y agrícola cisterciense entró en crisis no sólo
en Follina, sino en toda Europa; aquel mismo modelo que por
décadas había transformado el territorio europeo saneándolo,
deforestándolo, cultivándolo y domándolo, estaba ya
tramontando.
Las posesiones de tierra de la abadía fueron fraccionadas y
concedidas en gestión a los campesinos que las habrían trabajado.
La muerte de Gherardo en el 1349 determinó el progresivo ocaso de
la señoría de los da Camino, familia que desde hasta el nacimiento
de la abadía cisterciense siempre había favorecido su desarrollo y
la prosperidad, garantizando su apoyo y protección. El período
negativo, que cogió a los Caminesi, señaló el fin de esta relación
"protectora" y el vacío que la familia dejó, reavivó los deseos de
otras partes que querían apoderarse de un patrimonio todavía
rico.
La abadía asistió luego a la introducción del instituto de la
"encomienda" en el 1421, el nombramiento es decir de un obispo o
cardenal llamado abad comendatario, el que a través de
"agentes"administraba los bienes del monasterio y gozaba sus
derechos y rentas.
No faltaron ciertamente los juicios severos sobre el instituto de
la encomienda, en su mayoría de origen moralístico: "flagelo de las
órdenes monásticas", "gran abuso", "fuente de decadencia y de
corrupción".
En el 1448, la solicitud de la República de Venecia a papa Niccoló
V, de suprimir la comunidad cisterciense de Follina. La abadía, en
efecto, por su relación de filiación con Chiaravalle de Milán y con
Citeaux, apareció a Venecia como la "longa manus" de sus enemigos:
los Visconti y los Sforza de un lado y, Carlos VII del otro.
Succesivamente fue instituida la encomienda, que entregó la abadía
con todos sus bienes a un cardenal u obispo, que gozaba de todos
los derechos y las rentas derivantes.
Sucesivamente fue instituida la encomienda, que confió la abadía
con todos sus bienes a un cardenal o a un obispo, que gozaba de
todos los derechos y las rentas consiguientes.
Entre los abades comendatarios se recuerdan el aristócrata
veneciano Pietro Leoni, al que se debe la consagración de la
iglesia abadenga en el 1474; el cardenal Livio Podocataro,
que en el 1535 hizo ampliar el ala oriental, construyendo una logia
con columnitas de piedra blanca y el pequeño claustro, llamado
"chiostrino dell'abate"; por fin el cardenal Tolomeo Gallio de Como
que en el 1573 consiguió entregar la abadía a los monjes
camaldoleses. A ellos se debe la instalación del conmovedor y
estupendo "Crucifijo" leñoso barroco, ubicado en la nave de
derecha, cerca del fresco de Francesco da Milano. Los monjes
lograron dar nuevo impulso a la vida monástica en Sana Vallia,
manteniéndola hasta el 1771, año en que la Serenísima suprimió, por
falta de monjes, la comunidad de Follina…
En el acto de asentamiento del primer abad comendatario, mons.
Roberto di Collalto, se procede a un inventario meticuloso de todos
los bienes, "existentes todos en ciertos pergaminos y luego
descritos en el año 1694 en cuatro volúmenes", los unos guardados
ahora en el fondo de S. Michele di Mutano en Archivo de Estado de
Venecia, los otros en la Biblioteca Municipal de Treviso.
Pero indudablemente el período más oscuro para nuestro complejo
monástico fue al final del siglo XVIII, cuando precisamente se
decidió suprimir la comunidad de Follina, el claustro y los
edificios circunstantes fueron vendidos a privados, los que dieron
origen a una serie de transformaciones que turbaron el estado
originario de las estructuras.
Vinieron, en efecto, tapiadas las arcadas del claustro, y
sucesivamente, levantadas unas construcciones sobre la galería
claustral, el antiguo refectorio de los monjes fue transformado en
teatro y la pila bautismal fue convertida en tina para lavar los
paños, a todo eso se sumó un estado de deterioro y abandono.
Significativa a testimonio de la situación de decadencia en la que
se hallaban los ambientes claustrales, es la nota del prior Giulio
Romano: ya no soportaba el vaivén de los carros, caballos que
continuamente pasaban por el claustro para llevar sobre los
graneros, situados arriba, todos los productos de los alquileres,
hasta el punto de "hacerlos llegar por anteiglesia y hacerlos
entrar por la puerta grande de la iglesia y hacerlos pasar adelante
del Santísimo Sacramento e introducirlos en su claustro por su
puerta del claustro que conduce en la iglesia, lo que fue de tan
gran escándalo en todo aquel valle".
Las cosas empezaron a cambiar sólo hacia el final del siglo XIX,
cuando hombres iluminados como Jacopo Bernardi y Giuseppe Torres,
frente a la incuria en la que yacía todo el complejo abadengo,
solicitaron la expropiación de los cuartos ocupados y la siguiente
restauración del monasterio.
Las intervenciones de restauración fueron ralentizadas
sucesivamente por el estallido de la Primera Guerra Mundial, que
contribuyó a causar ulteriores daños a los edificios: en 1918 una
bomba golpeó la iglesia en la nave lateral derecha, haciendo
derrumbar la entrada adyacente que desde la anteiglesia conducía
dentro del claustro.
Después de los bombardeos de la primera guerra mundial, que dañaron
el techo y la parte oriental de la iglesia, en el 1919 se
encaminaron las restauraciones del entero complejo. Mientras tanto
la abadía de Santa Maria de Follina había pasado, en el 1915, a la
congregación de los Siervos de Maria, que la habitan todavía,
sujetan sus riendas religiosas en la figura del Padre Superior,
Ermenegildo Zoldan y, cuidan, con encomiable esmero y dedicación,
este Encanto-sagrado, oasis de silencio y ruego, donde el espíritu
encuentra alivio y los ojos se derriten a la pureza de las líneas
románicas.
PROFUNDIZACIÓN: el aspecto arquitectónico en función del aspecto
teológico
Bien, ahora nos presentamos entre los apreciados miembros
arquitectónicos del complejo, teniendo presente que cada elemento
artístico rozado por nuestros ojos "virtuales", en este ámbito
conventual, tiene un preciso valor y referencia alegórica, sobre el
plan espiritual.
La escalinata de acceso a la iglesia encuadra la frente partida de
la fachada frontal tripartida (de módulo románico), en que un
imaginario triángulo habiente como base la fachada misma y como
cumbre el rosetón, tenía que gobernar, según las normas del orden,
la disposición de las aberturas. La parte más antigua es sin duda
aquella central, en que el portal de entrada cuspidato, con abajo
arco derramado a todo sexto, guarda en la arquivolta un fresco
quizás imputable al Pordenone (todavía en fase de estudio tal
pertenencia), representante la "Virgen entre San Bernardo que lee
las laudes y San Romualdo", todavía leíble en la vigorosa
composición del siglo XVI, a pesar del derrubio de los colores. El
rosetón central es inscrito elegantemente en un marco encerrado por
el mismo motivo a estruendos, que decora el portal y las largas
ventanas que lo flanquean; el marco es interrumpido por las dos
pilastras, probablemente de época siguiente, que del portal llegan
hasta al friso de coronamiento, a arquillos colgantes ciegos.
Sobre la derecha un portal con arco de medio punto introduce en el
claustro que, completado en el 1628 como certifica la lápida
perfectamente guardada y tapiada en la parte cercana a la entrada
de la iglesia, hospeda al centro una pila bautismal. Sobre el
murito perimétrico se suceden columnitas de piedra arenisca:
simples, binadas, salomónicas y agrupadas, con capiteles de las
formas más variadas, sobre los que se apoyan pulvinos que dan
impulso a las arcadas en pleno centro. Si se analiza, más de cerca,
cada elemento, es posible divisar en este espectacular claustro
follinese el encuentro de dos influjos de estilo bien distinguidos:
uno francés en los capiteles a hojas estilizadas y planas y, un
influjo en cambio de sabor marcadamente véneto, con reminiscencias
orientales en las columnas, enriquecidas por muchos motivos de
fuerte sabor plástico.
En particular es relevante el capitel de la columna larga, sobre el
lado septentrional, decorado por elementos figurativos que no
estaban permitidos en la época por las reglas cistercienses, como
los máscarones, el águila y el gallo y por elementos arcaicos que
representan la emblemática valencia de Cristo: la palma y la cruz
griega, característicos del siglo XXIII, con el sentido de victoria
y regeneración. Sobre el claustro se asoman los ambientes
monásticos, desafortunadamente ahora alterados en su estructura
interior, con la sala capitular, que de antiguo conserva sólo la
estructura de la puerta y de los dos parteluces y el refectorio,
transformado ahora en capilla dedicada a los caídos.
La iglesia, orientada de Oeste a Este, resulta de instalación
basilical, a tres naves de cinco arcadas cada uno, con cobertura de
celosías: un edificio magnífico en el equilibrio y en la armonía
suave entre volúmenes y formas. El interior románico, majestuoso en
su sencillez, es recalcado por arcadas a sexto agudo enmarcadas por
ladrillos a vista y por una decoración a espirales. Dos fajas
ornamentales a espirales y blasones abadengos se desarrollan sobre
la parte alta, a lo largo de todo el perímetro de la nave central;
sobre la pared de separación del presbiterio, en la faja superior,
son representados ángeles vividores y, sobre el inferior,
distanciados por motivos decorativos a trébol, aparecen el
"Redentor" en el centro, la "Virgen" a la izquierda y "San Juan" y
los "Apóstoles" a la derecha.
Tales decoraciones son fechables al siglo XIV, como el fresco, muy
arruinado, situado en la nave izquierda, donde es representado "San
Tommaso de Aquino" que tiene en la mano el tratado sobre el
"Sacramento del Cuerpo de Cristo". El fresco es atribuido a Tommaso
de Módena y, verosímilmente se remonta al período, en que el pintor
trabajó en Treviso a la realización, entre el 1352 y el 1366, de
los cuarenta retratos de dominicos, en la sala capitular del
convento de San Niccoló y, de las figuras de santos sobre los
pilares de la iglesia homónima.
Sobre la pared de la nave opuesta, alrededor de la misma altura, un
fresco que representa la "Virgen con Niño entre dos santos y
comitentes", pintado en el 1527 por Francesco da Milano, todavía en
buen estado de conservación, dotado de apreciables colores y de
suntuoso marco pintado. Junto a los fragmentos de frescos sobre la
pared externa del transepto septentrional, estas pinturas
constituyen una verdadera rareza por las construcciones
cistercienses medievales, generalmente faltas de cualquier aparato
decorativo, en respeto a la elección de esencialidad y severidad
efectuada por San Bernardo. Sobre el altar mayor un ancona leñoso
de fulgurante belleza y preciosidad, copia de aquella gótica de la
iglesia de san Zaccaria de Venecia, custodia una estatua de piedra
gris de la "Virgen con el Niño" de tipología copta y que se
remonta, según algunos estudiosos, hasta el siglo III.






