Albergo a Treviso, costruzione 17° secolo, villa di lusso

Foto2Foto3Foto4Foto5Foto1

Follina está situada en el corazón de la región Véneto

y es el punto de salida ideal para alcanzar fácilmente

Venecia, Cortina, Asolo, Treviso, Feltre, Vittorio Veneto

con todos los medios de transporte.

Follina es un ayuntamiento de antiquísimos orígenes que se remonta a antes del año 1000, a los pies de los Prealpes Trevigianos a mitad camino entre Valdobbiadene y Vittorio Véneto. Follina tuvo su desarrollo en el siglo XII cuando un grupo de monjes Cistercienses se estableció aquí y, gracias a la abundancia de aguas, inició una florida industria para la elaboración de los paños lana.

Situada en posición encantadora en el Valsana, atractivo principal de Follina es la Abadía de Santa Maria, fundada alrededor del 1150, en estilo gótico-romano, además de constituir centro de llamada espiritual y religiosa para romeros y turistas es uno de los más insignes monumentos de la región. Considerado uno de los centros monásticos más importantes de Italia y sede de numerosas iniciativas culturales entre las que recordamos el festival internacional de música clásica y el gran concierto con el maestro Uto Ughi que ven implicadas directamente también el hotel.

Hoy el pueblo constituye un importante centro turístico cultural, de los hermosos edificios dieciochescos, sede de actividades industriales y artesanales a la buena capacidad hotelera. Ciudad nativa de ilustres personajes: Jacopo Bernardi, Paolo Bernardi, Domenico Rosina, Agostino Moretti.

Historia de un encantador lugar de quietud

en el antiguo feudo de los Da Camino, en el maravilloso Valsana, que nos devuelve intacto el resplandor arquitectónico y, vibrante, la atmósfera espiritual de uno de los lugares sagrados, encantadores y solemnes de la entera diócesis vittoriesa: la Abadía cisterciense de Santa Maria de Follina.

Entre el alto núcleo prealpino y las colinas morrénicas de esta zona muy sugestiva de la Alta Marca Trevigiana, probablemente, según estudios documentados, sobre el trazado de la carretera militar Claudia Augusta Altinate, que se hipotiza conectara la región del Altino al valle romano sobre el Danubio, a través del paso de Praderadego, surge el ameno pueblo de Follina.

Su nombre parece derivar de la batanadura de la lana, ejecutada en el lugar desde ya la época romana, pero su importancia histórica es debida a la llegada de los monjes benedictinos, que se establecieron aquí antes del siglo XII, para hacer de ello un centro monástico de llamada europea. Tocó sin embargo a los cistercienses, llegados en Valsana el 29 de Mayo de 1146 desde la abadía de Chiaravalle de Milán, imprimir al complejo conventual follinese la impostación constructiva actual y rebautizar la abadía con el nombre de Santa Maria de Sana Vallia, por la dulzura y la serenidad de la cuenca en la que estaba situada.

La orden cisterciense fundada en el 1098 en Citeaux, en Borgoña, por Roberto de Molesme, se difundió en toda Europa a los principios del siglo XII, gracias sobre todo a la obra de San Bernardo de Chiaravalle, que elaboró también la planta-tipo del monasterio cisterciense, donde es la regla espiritual a dictar también las características constructivas y arquitectónicas principales de los complejos. La especificidad del sistema cisterciense está precisamente en el rigor, con que son localizados los elementos compositivos y su orden distributivo (elementos hallables perfectamente también en Follina y, detalladamente inmortalizados por el objetivo del Nikonista!!), qué hace las instalaciones abadengas arquitectónicamente parecidas entre ellas, al límite de la superponibilidad. Los elementos constitutivos fundamentales son inscritos en un área casi cuadrada, forma geométrica que simboliza la Ciudad de Dios. En el centro se encuentra un claustro cuadrado, delimitado por la iglesia basilical sobre el lado Norte y, por las alas de los monjes, de los conversos y de los servicios, respectivamente a Este, Oeste y Sur.

La primera fecha cierta, indicada en antiguos documentos, en la historia del monasterio de Follina es la del 18 de junio de 1170, año en que la condesa Sofía da Camino del célebre linaje-tenutario del local condado, dona a la abadía gran parte de sus terrenos, asegurando así una estabilidad operativa y económica, que se habría mantenido de XIII al XV siglo. El asentamiento efectivo ocurrió sobre preexistentes sedes benedictinas y cistercienses, situadas al reparo los Prealpes circunstantes. Inicia de la construcción del campanario, por lo tanto del claustro y de la fábrica conventual, para completarse con la actual iglesia, construida entre el 1305 y el 1335.  Bien, ahora nos adentramos entre las preciosas componientes arquitectónicas del complejo, teniendo presente que cada elemento artístico rozado por nuestros ojos "virtuales", en este ámbito conventual, tiene un preciso valor y referencia alegórica, sobre el plan espiritual.

La escalinata de acceso a la iglesia encuadra la frente partida de la fachada frontal tripartida (de módulo románico), en que un imaginario triángulo habiente como base la fachada misma y como cumbre el rosetón, tenía que gobernar, según las normas del orden, la disposición de las aberturas. La parte más antigua es sin duda aquella central, en que el portal de entrada cuspidato, con abajo arco derramado a todo sexto, guarda en la arquivolta un fresco quizás imputable al Pordenone (todavía en fase de estudio tal pertenencia), representante la "Virgen entre San Bernardo que lee las laudes y San Romualdo", todavía leíble en la vigorosa composición del siglo XVI, a pesar del derrubio de los colores. El rosetón central es inscrito elegantemente en un marco encerrado por el mismo motivo a estruendos, que decora el portal y las largas ventanas que lo flanquean; el marco es interrumpido por las dos pilastras, probablemente de época siguiente, que del portal llegan hasta al friso de coronamiento, a arquillos colgantes ciegos.

Sobre la derecha un portal con arco de medio punto introduce en el claustro que, completado en el 1628 como certifica la lápida perfectamente guardada y tapiada en la parte cercana a la entrada de la iglesia, hospeda al centro una pila bautismal. Sobre el murito perimétrico se suceden columnitas de piedra arenisca: simples, binadas, salomónicas y agrupadas, con capiteles de las formas más variadas, sobre los que se apoyan pulvinos que dan impulso a las arcadas en pleno centro. Si se analiza, más de cerca, cada elemento es posible divisar en este espectacular claustro follinese el encuentro de dos influjos de estilo bien distinguidos: uno francés en los capiteles a hojas estilizadas y planas y un influjo en cambio de sabor marcadamente véneto, con reminiscencias orientales en las columnas, enriquecidas por muchos motivos de fuerte sabor plástico.

En particular es relevante el capitel de la columna larga, sobre el lado septentrional, decorado por elementos figurativos que no estaban permitidos en la época por las reglas cistercienses, como los máscarones, el águila y el gallo y por elementos arcaicos que representan la emblemática valencia de Cristo: la palma y la cruz griega, característicos del siglo XXIII, con el sentido de victoria y regeneración. Sobre el claustro se asoman los ambientes monásticos, desafortunadamente ahora alterados en su estructura interior, con la sala capitular, que de antiguo conserva sólo la estructura de la puerta y de los dos parteluces y el refectorio, transformado ahora en capilla dedicada a los caídos.

La iglesia, orientada de Oeste a Este, resulta de instalación basilical, a tres naves de cinco arcadas cada uno, con cobertura de celosías: un edificio magnífico en el equilibrio y en la armonía suave entre volúmenes y formas. El interior románico, majestuoso en su sencillez, es recalcado por arcadas a sexto agudo enmarcadas por ladrillos a vista y por una decoración a espirales. Dos fajas ornamentales a espirales y blasones abadengos se desarrollan sobre la parte alta, a lo largo de todo el perímetro de la nave central; sobre la pared de separación del presbiterio, en la faja superior, son representados ángeles vividores y, sobre el inferior, distanciados por motivos decorativos a trébol, aparecen el "Redentor" en el centro, la "Virgen" a la izquierda y "San Juan" y los "Apóstoles" a la derecha.

Tales decoraciones son fechables al siglo XIV, como el fresco, muy arruinado, situado en la nave izquierda, donde es representado "San Tommaso de Aquino" que tiene en la mano el tratado sobre el "Sacramento del Cuerpo de Cristo". El fresco es atribuido a Tommaso de Módena y, verosímilmente se remonta al período en que el pintor trabajó en Treviso a la realización, entre el 1352 y el 1366, de los cuarenta retratos de dominicos, en la sala capitular del convento de San Niccoló, y de las figuras de santos sobre los pilares de la iglesia homónima.

Sobre la pared de la nave opuesta, alrededor de la misma altura, un fresco que representa la "Virgen con Niño entre dos santos y comitentes", pintura en el 1527 de Francesco da Milano, todavía en buen estado de conservación, dotado de apreciables colores y de suntuoso marco pintado. Junto a los fragmentos de frescos sobre la pared externa del transepto septentrional, estas pinturas constituyen una verdadera rareza por las construcciones cistercienses medievales, generalmente faltas de cualquier aparato decorativo, en respeto a la elección de esencialidad y severidad efectuada por San Bernardo. Sobre el altar mayor un ancona leñoso de fulgurante belleza y preciosidad, copia de aquella gótica de la iglesia de san Zaccaria de Venecia, custodia una estatua de piedra gris de la "Virgen con el Niño" de tipología copta y que se remonta, según algunos estudiosos, hasta el siglo III.

La decadencia del monasterio follinese, ya iniciada al final del siglo XIV por falta de vocaciones y por la peste del 1348, culmina en el 1448, en la solicitud de la República de Venecia a papa Nicola V, de suprimir la comunidad cisterciense de Follina. La abadía, en efecto, por su relación de filiación con Chiaravalle de Milán y con Citeaux, aparecía a Venecia como la "longa manus" de sus enemigos:  los Visconti y los Sforza de un lado y Carlos VII del otro. Sucesivamente fue instituida la encomienda, que entregaba la abadía con todos sus bienes a un cardenal u obispo, que gozaba de todos los derechos y las rentas derivantes.

Entre los abades comendatarios se recuerdan el aristócrata veneciano Pietro Leoni, al que se debe la consagración de la iglesia abadenga en el 1474;  el cardenal Livio Podocataro, que en el 1535 hizo ampliar el ala oriental, construyendo una logia con columnitas de piedra blanca y el pequeño claustro, llamado "chiostrino dell'abate"; por fin el cardenal Tolomeo Gallio di Como que en el 1573 consiguió de confiar la abadía a los monjes camaldoleses. A ellos se debe la instalación del conmovedor y estupendo "Crucifijo" leñoso barroco, ubicado en la nave de derecha, cerca del fresco de Francesco da Milano. Los monjes lograron dar nuevo impulso a la vida monástica en Sana Vallia, manteniéndola hasta el 1771, año en que la Serenísima suprimió, por falta de monjes, la comunidad de Follina. El complejo fue desmembrado sucesivamente y, excepto la iglesia, vendido a privados, causando su progresivo decaimiento.

Después de los bombardeos de la primera guerra mundial, que dañaron el techo y la parte oriental de la iglesia, en el 1919 se encaminaron las restauraciones del entero complejo. Mientras tanto la abadía de Santa Maria de Follina había pasado, en el 1915, a la congregación de los Siervos de Maria, que la habitan todavía, sujetan sus riendas religiosas en la figura del Padre Superior, Ermenegildo Zoldan y, cuidan, con encomiable esmero y dedicación, este Encanto-sagrado, oasis de silencio y ruego, donde el espíritu encuentra alivio y los ojos se unen a la pureza de las líneas románicas.